En Villamorón el mes de noviembre de este año 2014 ha servido para desmontar el retablo de la nave central de la iglesia de Santiago, con el cuidado y mesura precisos para poner sus diferentes partes de madera de pino en el horizonte del suelo.
Trabajo meticuloso, de arriba abajo, entre andamios, garrucha y cuerdas. Desenclavar y desmontar. Bajar y recibir cada una de las partes, de diferente tamaño y forma, para ser ligeramente aseadas, envueltas y selladas en plástico protector de humedad, polvo y otros deterioros. Y, como en todo despiece restaurador, descubriendo algún secretillo del origen, causa y hechura de las piezas, así como su estado de conservación.
Esos paquetes plastificados hoy yacen, en merecido descanso, bajo el coro, junto a la escalera de acceso al mismo, y delante del baptisterio. Estos tres lugares escogidos, a los pies del templo, sin duda son los más indicados, quedando así el templo libre al paso de las visitas al mismo. Ahora la iglesia, despejada de retablo, solo con el templete dorado del sagrario, ha ganado en luminosidad y profundidad al quedar a la vista la  blanca piedra del ábside plano interior.
Puntales tubulares de metro y medio a dos de altura, cosidos con entrepaños de varios pisos, forman la estructura de andamiaje metálico sustentadora de los bultos, que permanecen recostados a la espera de un  mejor día en 2015 que los remueva definitivamente: “¡Despertad!, vuestra bendita hora restauradora ha llegado”.
                                    Antonio Barbero